lunes, 21 de diciembre de 2009

Princesa

El día es desencanto y delirio. Sombras de colores, con su volumen, sus latidos, su textura. Son compactas; no se las atraviesa, con el puño, como al humo; cada una ocupa, nítida, un lugar. Hay transparencia entre ellas. Una luz que cambia —se le dice el sol— las ilumina, cambiando, imperceptible, segundo a segundo. Es el día. A la noche, la luz se apaga. La noche es negra, uniforme, pero no es otra cosa que el día que sigue, la misma luz que se vuelve negra en virtud justamente de su continuidad. Aquí, desde luego, todo es desierto, pero no hay lugares desiertos. Nadie ha visto nunca un lugar vacío. Cuando uno lo mira, ya no está vacío —uno mismo es el que mira, la mirada, el lugar. Sin uno, no hay mirada ni tampoco lugar. El día, lento, recomienza, o sigue, más bien, con la luz que crece, de nuevo, desde las sombras que conservan, constantes, su color, su volumen, sus latidos, su textura. Hay otra vez transparencia, distancia, entre ellas. No mayor que el ojo de una aguja, es decir inconmensurable. Elisa lo interrumpe; Tomatis gira brusco la cabeza y la contempla, esperando. Antes de ayer a la siesta, comienza Elisa, sin ir más lejos, justo antes de ayer, mientras se disponía a cruzar la calle en la esquina del Mercado Central... pero, no, no, para qué, no vale la pena, dice, callándose, moviendo los hombros y la cabeza, acariciándose, distraída, absorta en sus propios pensamientos, con la yema de la mano izquierda, el hombro derecho cuya piel reluce, lisa y bronceada. Sus recuerdos, impenetrables, la tiran hacia adentro como un peso muerto, la hacen fruncir, inmovilizándose, la frente, así como los suyos a Tomatis lo obligan a balancear la cabeza, abrir la boca, fijar la vista en el vacío, desmenuzar el resto de su cigarro apagado con dedos distraídos y salvajes.

Hay, entre nosotros, formas, volúmenes, colores, movimiento y luz, transparencia y desierto.

J.J. Saer: Nadie Nada Nunca

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