Soñó en francés. Una vez más. Cada vez lo hace más seguido. No conoce el idioma, sólo algunas palabras. Sin embargo, con certeza, sabe que sueña en francés. Los días que lo hace, como éste, se despierta antes y lo hace triste. Un desasosiego parejo lo abraza. No entiende el motivo; del sueño sólo recuerda un idioma que no entiende pero reconoce. En ciertas ocasiones se tiene que levantar casi corriendo para que no lo vean llorar. Apenas se despierta, en ese instante inicial y blanco, sabe que lo hizo otra vez: que soñó en francés. Unos segundos después, con la misma certeza anterior, sabe (pese a que no lo recuerda) que en el sueño se habló de su vida. Y sabe que nada bueno puede resultar de eso.
Mientras prende la ducha se pregunta, como cada mañana después de soñar en francés, si todos los ahorcados esperan que la soga se rompa. Él, por lo menos él, así lo hace. En vano, se contesta; aunque en el fondo no se cree. Todo ahorcado merece una soga rota. Aunque sea una vez.
La ducha en la cara lo introduce en la vida. A él soñar no le hace bien; y menos en francés.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Hamacas
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Estás inspiradísimo. Te felicito!
ResponderEliminargracias por hacerme caso! se disfruta mucho...o por lo menos yo lo disfruto!
ResponderEliminar