lunes, 21 de diciembre de 2009

Parecer

De esas costas vacías me quedó sobre todo la abundancia de cielo.

En ese idioma, no hay ninguna palabra que equivalga a ser o estar. La más cercana significa parecer. Como
tampoco tienen artículos, si quieren decir que hay un árbol, o que un árbol es un árbol dicen parece árbol. Pe­ro parece tiene menos el sentido de similitud que el de desconfianza. Es más un vocablo negativo que positi­vo. Implica más objeción que comparación. No es que remita a una imagen ya conocida sino que tiende, más bien, a desgastar la percepción y a restarle contunden­cia. La misma palabra que designa la apariencia, desig­na lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo. El ho­rizonte circular, que me había parecido al principio indiscutible y compacto, era en realidad, tal como lo designaba el idioma de esos indios, un almacén de su­percherías y una máquina de engaños. En ese idioma, liso y rugoso se nombran de la misma manera. Tam­bién una misma palabra, con variantes de pronuncia­ción, nombra lo presente y lo ausente. Para los indios, todo parece y nada es. Y el parecer de las cosas se sitúa, sobre todo, en el campo de la inexistencia. La playa abierta, el día transparente, el verde fresco de los árbo­les en primavera, las nutrias de piel tibia y palpitante, la arena amarilla, los peces de escamas doradas, la lu­na, el sol, el aire y las estrellas, los utensilios que arran­caban, con paciencia y habilidad, a la materia reticen­te, todo eso que se presenta, nítido, a los sentidos, era para ellos informe, indistinto y pegajoso en el reverso contra el que se agolpaba la oscuridad.

J.J. Saer: El entenado

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