miércoles, 30 de diciembre de 2009

Hamacas

: ducha, dientes, baño, toalla, diario, mate, gato, puerta, y después, la mañana.

Sale de la ducha. Se sienta en la cama. La ve dormir. Apenas se le ve la cara. Su pelo le cubre la mayor parte. Se toma ese minuto que vale el día; justo antes de que éste pierda todo valor.

Su respiración mueve, apenas, unos pocos pelos que caen desde su sien hacia su boca. El movimiento apenas se nota pero él, la mirada clavada, los ojos sin pestañar, sabe de su vaivén, conoce de su ir y venir, del calor que el aire que sale por entre sus dientes deja en esos pocos pelos, de la humedad, de las pequeñas pequeñísimas gotas que cada exhalación deja en esos dos o tres pelos sueltos y que cada nueva bocanada no retira. Tal vez todo lo imagine, incluso esto.

En el desmadre que es su vida (y que, llamativamente, sólo él reconoce) ella es lo único que sonríe. La luz de la calle, la del farol que a mitad de cuadra intenta y fracasa día tras día iluminar la cuadra entera, esa luz no la toca. Se acomoda un poco en la cama. Su olor le llega. Ella es, sin duda, su olor. Sabe lo que significa extrañar olores y se sabe perdido.

Un sí hubiese bastado. Pero no; esa no fue la respuesta.

Ella es por lo que se levanta cada día. Esta es la última noche que duerme con él.

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