domingo, 4 de abril de 2010

almohadas doradas

Golden slumbers fill your eyes
Smiles awake you when you rise
Sleep pretty darling do not cry
And I will sing a lullabye

***
I never give you my pillow
I only send you my invitation
And in the middle of the celebrations
I break down

***

And in the end
The love you take
Is equal to the love you make.



sábado, 3 de abril de 2010

Guada

explicar
con palabras de este mundo
que partió de mí
un barco
llevándome

sábado, 27 de marzo de 2010

acasos

Serían necesarias más trabas porque el señor sabe: Dios es definitivo; el diablo es su opuesto... Así es que digo: yo, que tengo una memoria que no falta, como usted ya vio, recuerdo todo de mi niñez. Buena fue. Me acuerdo de ella con agrado pero sin nostalgia porque si no enseguida se derrama una brisa de acasos. Hacia atrás, no hay paz.

Guimaraes Rosa, J: Gran Sertón: Veredas

(mientras preparo la clase de nación)


miércoles, 17 de marzo de 2010

Cama

René

Es razonable concebir la crisis como un instante anómalo en la vida de una sociedad, y eso querría decir una hora en la que las cosas no se presentan como son en lo cotidiano y se presentan en cambio como son en verdad.
Si es verdad que los hombres no pueden vivir nada sin convertirlo en una representación ni vivir una representación sin traducirla en un discurso quiere decir que el "concepto de mundo" es un instinto. Ahora bien, la ideología es esencial y es dura. Nadie está dispuesto a sacrificar su visión de las cosas sino por una fuerza importante e imponente.
Si el pueblo está despierto, la democracia no es posible. La democracia se funda en la fuerza de la noche, es decir, en el sueño del pueblo. [...] El autoritarismo con todo sólo cobra importancia si es a la vez un poder, pues sin éste es apenas un sentimiento.
En el desconcierto absoluto o malestar que produce la multiplicación de los objetos del mundo, los hombres están solos en medio de las cosas que se amplían sin cesar. ¿No es verdad acaso que esto es ya la soledad de la época, la falacia general de su identidad y, en fin, lo que podemos llamar la segunda pérdida del yo?
La época es cuantiosa y es como si huyera de nosotros, como si significara siempre algo distinto de sí misma, perdida en el número enorme de sus acontecimientos invisibles. No obstante, a pesar de estar abrumando a los hombres de continuo, tiene una suerte de flanco de fracaso en medio de esta suerte de asedio infinito y consiste en que puede ser conocida.
Zavaleta, R.: Lo nacional-popular en Bolivia

martes, 16 de marzo de 2010

Sueño








Si el sueño es el punto supremo de la relajación corporal, el aburrimiento lo es de la relajación espiritual. El aburrimiento es el pájaro de sueño que empolla el huevo de la experiencia. El susurro del follaje lo ahuyenta. Sus nidos - las actividades que se ligan íntimamente al aburrimiento - se han extinguido en las ciudades, han declinado también en el campo. Con ello se pierde el don de estar a la escucha, y desaparece la comunidad de los que tienen el oído alerta. Narrar historias siempre ha sido el arte de volver a narrarlas, y éste se pierde si las historias ya no se retienen.

Benjamin, W: El Narrador

viernes, 12 de marzo de 2010

martes, 2 de marzo de 2010

Motivos

-Quieres a tus padres, ¿verdad?

-Si..., mucho -dijo Teddy-. Pero usted desea hacerme usar esa palabra para darle el significado que le interesa..., ya me doy cuenta.

-Está bien. ¿Con qué significado deseas emplearla tú?

Teddy lo pensó.

-¿Conoce el significado de la palabra "afinidad"? -preguntó, volviéndose hacia Nicholson.

-Tengo una idea aproximada -dijo Nicholson secamente.

-Tengo una gran afinidad con ellos. Quiero decir que son mis padres y todos formamos parte de una armonía recíproca -dijo Teddy-. Quiero que disfruten mientras vivan, porque les gusta pasarlo bien... Pero ellos no me quieren a mí ni a Booper, que es mi hermana, de ese mismo modeo. Lo que quiero decir es que parece que no pueden querernos tal como somos. Parece que no pueden querernos si no intentan cambiarnos un poquito. Quieren sus motivos para querernos tanto como nos quieren a nosotros, y a veces más. Así no es tan bueno. -De nuevo se volvió hacia Nicholson, esta vez inclinado un poco hacia adelante-. Por favor, ¿qué hora es? Lo pregunto porque tengo una clase de natación a las diez y media.


Salinger, J. D.: Nueve cuentos

viernes, 19 de febrero de 2010

Sopapa





Sufjan Stevens es un cantautor norteamericano. Mientras escribo escucho una de sus cancioncitas del disco que le dedicó a Illinois, el estado donde está Chicago. Raro Sufjan. Por lo poco que se de él tiene un extraño e irrealizable plan de hacer un disco por estado. Ergo, un disco por año de vida restante. Una locura. Una quijotada. Hay dos posibilidades; o es todo mercadeo y todo esto es baladi y ultrajante o es un romantico.

Ultimamente gira alrededor de mi cabeza la palabra romantico. Junta a ella, siguiendo los locos círculos que hacen las palabras cerca de mi cabeza, gira su valoración positiva, su reivindicación. Sufjan es un romantico (olvidemos hoy la versión verosímil y abracemos el cuento de hadas). Canta lindo, bajito, con ese tono de tipo sensible que hace música para escuchas sensibles. Decatur y Chicago son dos perlas. Me obligo a no ver su imagen en Google. Prefiero imaginarlo débil, flaco, con cara de enfermo y ojos tristes. La empatía que me generan esos personajes lo tendría que hablar con mi terapeuta. Si lo tuviera…

Lo cierto es que hoy dia, con el otoño del 2009 entrando por la ventana, busco revalorizar el romanticismo. Entendiendolo como contrahegemonico, como signo de resistencia. No me refiero (o por lo menos no ahora y no directamente y no concientemente) a la corriente filosófica, política, cultural. Benjamin me espera. Releer sus tesis sobre la historia siempre es un buen plan. No. Me refiero al exponente kitch. A ese romanticismo popular, hijo directo de los cursi, del bolero, la cumbia y la bachata.

(Voy a poner al Binomio de Oro. Eso seguro me levante)

Consumi en el último tiempo tres mercancías culturales que algo tienen que ver con este surgimiento reciente de la palabra, con este revoloteo a la altura de mis ojos. Obvio que la vida de verdad también tiene que ver pero eso ya es otro tema y no es uno de los aquellos sobre los que se escribe. Las tres van a parecer a primera vista irreconciliables. Seguramente a muchos se les dibujara inmediatamente una sonrisa despectiva en la cara. No importa. Son Wall-e, Pushing daisies y Las partículas elementales.

Las partículas elementales es uno de los últimos libros de la nueva vedette de la literatura francesa: Michel Houllebecq.

(Antes de arrancar una aclaración: esta no se propone ser una lectura profunda, científica, inmaculada. Incluso seguramente sea errónea, anqué liviana. No busca ser lo primero. Tiene como primer objetivo ser algo asi como una sopapa sentimental. El segundo, plantar bandera.)

Sigamos… El tal Michel parece ser un gran escritor. Por lo menos eso dicen. Escribe bien, de eso no hay duda. Tiene fragmentos muy interesantes y las primeras cien páginas me mantuvieron en un vaivén de amor odio que suele generarme adicción. Luego todo fue cuesta abajo. Terminó mal mi relación con el libro. En la contratapa lo comparar con Celine: la única posible es que ambos nacieron en Francia, después… “Ni para sacarle punta a los lápices, Michel!!!”. ¿Cuál es el problema del libro? Lo cinico, lo escéptico. El libro gira en torno a dos historias cruzadas por el sexo. Dos hermanastros, uno sexual, otra asexuados, ambos frustrados. Su tesis es que hoy por hoy el sexo es lo único que interesa, que somos carne que se vende, que la juventud es todo lo que somos, que luego solo hay nostalgia de haber sido, el dolor de ya no ser. Michel critica a los revolucionarios del 68, a los hippies, a todo el movimiento de liberación sexual y mental del siglo XX.

- Estamos de acuerdo, Michel. Todo terminó mal. Nada es como nos imaginábamos que sería. Pero…

Pero el esceptismo técnico y derechoso de Michel es una gran mentira. Es sobreactuado. Pinta una sociedad totalizada por la lógica del deseo insastifecho, del deseo como motor y palo de la rueda. Una sociedad sin dios, sin ideales, con el norte en el coito. Ahí esta una diferencia central con Celine. Lo que dice Louis-Ferdinand es políticamente mas incorrecto, mas reaccionario pero trasmite una rabia por un mundo sin sentido que llega al lector. El libro de Celine genera ganas de ir a romper puertas. De hacer, de moverse. El de Michel, no. Lo terminas de leer y si le creiste, te pones un pijama, te vas a la cama y contas las manchas de la pares de enfrente. Sabes que el mundo es malo, feo y triste y tu reacción es ponerte medias para el frio.

En el fondo mi problema con el libro es que no le quiero creer. Reconozco en él a cierta parte de la sociedad que hoy vivo. Simplemente no quiero creer que no hay margén de mocimiento. Se de la alienación, se de la lógica de un sistema que nos totaliza y nos determina, de la anomia, pero también se de la resistencia. Se que los que nos hace humanos es el trabajo, el lenguaje, la educación, el arte, la amistad. Puede el mundo humano existir sin mercado, sin televisión y sin desigualdad. Puede no haber estado, derecho y deportes acuaticos. Lo que no puede no haber son esas cosas que nos hacen humanos y allí esta la resistencia. Alli aparece el romantisismo.

Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad: Gramsci, sentado en la celda, muriéndose de tristeza, escribe esto. Por eso lo romantico es contrahegemonico. Porque es utópico, porque no le presta atención a como son las cosas. Es un elefante en un bazar.

Vayamos a Pushin Daisies… Es una serie norteamericana. Eso ya la define aunque no completamente. Visualmente es un milagro de la televisión. Todo es color en ella. La historia es lo contrapuesto a la de Michel. El protagonista tiene un don que se convierte en un karma y viceversa: puede revivir gente con solo tocarla. Hasta ahí todo va bien; el problema es que si la vuelve a tocar muere definitivamente y si la deja viva al minuto muere algo o alguien en su lugar. Asi de pequeño salvó y mato a su madre. Salvo a su perro. Ya mayor, por motivos que no vienen al caso mencionar, revive a su enamorada de la infancia: aca empieza el nudo de la historia. Primero, están totalmente enamoradas sin ninguna razón mas que estarlo. El romanticismo se explica por si mismo. No se conocen casi (en realidad, es imposible conocer algo o a alguien por lo que este punto, el de “conocernos”, tan mentado en las relaciones sentimentales, no tiene mucha razón de ser). Sin embargo se aman y no hay muchas dudas en relación a eso. Segundo, y fundamental, no se pueden tocar. Aca aparece la utopía. ¿Se puede amar sin tocar? Esta serie dice que si. No es verosímil. Sin embargo, es ahí donde reside el valor de Pushing Daisies: no importa que esto pueda o no pasar. Pasa, está pasando, y punto.

Las caras de ambos valen un párrafo. (Ella es hermosa, dulce, fresca) Se miran con cara de idiotas, con esa sonrisa que sólo la irracionalidad puede generar. Ella lleva una flor en la mano, él se rie. Él le consigue abejas para que se divierta, ella se rie. No se ven un rato, se extrañan. No es apto para diabéticos pero a mi me parece rescatable. Subvierte. Da vuelta el mundo. Ninguno está ahí en venta.

Romanticismo y libertad creativa van de la mano. En Pushing Daisies es posible el romance del científico y la flor; es posible que haya pasteles antidepresivos y homeopáticos; jockeys con huesos de caballo. En resumen: libertad; y de la buena. Mientras, en Las partículas elementales las ciencias biológicas son parte troncal de la narrativa y todo parece que sucede dentro de un tubo de ensayo. Nada se puede hacer. El experimento ya está en marcha y los humanos somos parte. En este otro universo, los personajes crean su mundo. Se enamoran sin sentido, reviven muertos y tienen panales en la terraza.

Ahora bien, ¿Por qué Wall-e? Bueno… ¿Qué duda cabe que es una GRAN historia de amor imposible? Más radical incluso que la anterior ya que aca no hay lenguaje y los enamorados son maquinas, nada menos...



sábado, 13 de febrero de 2010

viernes, 12 de febrero de 2010

dolores

Eran voces extrañas, entre tanto ruido de bombas, pero más fuertes que las bombas porque éstas caían de cuando en cuando y las voces cantaban todo el tiempo. "Y no es que fueran voces muy marciales, papá, sino voces de mujeres enamoradas. Les estaban cantando a los guerreros de la república como a sus enamorados, y allá arriba, antes de abandonar la ametralladora, Miguel y yo nos tocamos accidentalmente las manos y pensamos lo mismo. Que nos cantaban a nosotros, a Miguel y a Lorenzo y que nos amaban ... "

Entonces se derrumbó la fachada del obispado y ellos se arrojaron al piso, cubiertos de polvo, y él pensó en Madrid, cuando llegó, en los cafés llenos de gente hasta las dos y tres de la madrugada, cuando sólo hablaban de la guerra y sentían una gran euforia, una gran seguridad de que ganarían y él pensó en que Madrid seguía resistiendo y en que con las bombas las madrileñas se hacían tirabuzones ... Se arrastraron hasta la escalera. Miguel estaba inerme. Él iba arrastrando su fusil naranjero. Sabía que sólo tenían un fusil por cada cinco combatientes. Decidió no soltar su fusil.

Bajaron por la escalera de caracol. "Creo que un niño lloraba en un cuarto.

No sé, porque pude confundir el llanto con el de las alarmas aéreas."

Pero lo imaginó allí, abandonado. Bajaron a tientas, en la oscuridad. Era tanta, que al salir a la calle les pareció de día. Miguel dijo:

"No pasarán" y las mujeres le contestaron: "¡No pasarán!" Les cegó la noche y debieron caminar un poco desorientados, porque una de las mujeres corrió hacia ellos y les dijo: -Por allí no. Venid con nosotras.

Cuando se acostumbraron a la luz de la noche, estaban todos boca abajo sobre la acera. El derrumbe los aisló de las ametralladoras enemigas: la calle estaba cortada; él respiró el polvo suelto, pero también el sudor de las muchachas recostadas a su lado. Trató de ver sus caras. Sólo vio una boina, una gorra de estambre, hasta que la muchacha arrojada a su lado levantó el rostro y él vio sU pelo suelto, castaño, blanqueado por la cal del derrumbe y ella le dijo:

-Soy Dolores.

-Lorenzo. Ése es Miguel.

-Yo soy Miguel.

-Perdimos al grupo.

-Éramos del cuarto Cuerpo.

-¿Cómo salimos de aquí?

-Es preciso dar un rodeo y cruzar el puente.

-¿Vosotros conocéis el lugar?

-Miguel lo conoce.

-Sí, yo lo conozco.

-¿De dónde eres?

-Soy mexicano.

-Ah, entonces no es difícil entenderse.

Los aviones se alejaron y todos se pusieron de pie. Nuri con la boina y María con la gorra de estambre dijeron sus nombres y ellos repitieron los suyos. Dolores llevaba pantalones y una chaqueta y las otras dos overoles y mochilas. Avanzaron en fila por la calle desierta, muy cerca de los muros de las casas altas, debajo de los balcones oscuros con sus ventanas abiertas, como si fuera un día de verano. Oían ese paqueo interminable, pero no sabían de dónde venía. A veces, pisaban los cristales rotos o Miguel, que iba al frente de la fila, decía que tuvieran cuidado con un cable. Un perro les ladró en una bocacalle y Miguel le arrojó una piedra. En un balcón estaba sentado en su mecedora un viejo con la bufanda amarrada alrededor de la cabeza. No los miró cuando pasaron y ellos no entendieron qué hacía allí: si esperaba el regreso de alguien o si aguardaba la salida del solo qué. No los miró.

Él respiró hondo. Dejaron atrás el pueblo y llegaron a un campo de álamos desnudos. Ese otoño, nadie recogió las hojas secas que crujieron bajo sus pies, ennegrecidas ya por la humedad. Miró los trapos empapados que envolvían los pies de Miguel y quiso, otra vez, ofrecerle sus botas, pero el compañero caminaba con tal firmeza, lo sostenían dos piernas tan fuertes y esbeltas, que se dio cuenta de lo inútil que sería ofrecerle lo que no necesitaba. A lo lejos, les esperaban esas laderas oscuras. Quizá, entonces, las necesitaría. Ahora no. Ahora estaba allí el puente y debajo de él corría un río turbulento y hondo y todos se detuvieron a verlo.

-Pensé que estaría congelado -él hizo un gesto de enfado.

-Los ríos de España nunca se hielan

-murmuró Miguel-. Corren siempre.

-¿Por qué? -le preguntó Dolores a él.

-Porque así podríamos evitar el puente.

-¿ Por qué? --dijo ahora María y las tres, con las preguntas en las miradas, eran como unas niñas curiosas.

Miguel dijo: -Porque generalmente los puentes están minados.

El pequeño grupo no se movió. El río rápido y blanco que pasaba a sus pies los hipnotizó. No se movieron. Hasta que Miguel levantó el rostro y miró hacia la montaña y dijo:

-Si cruzamos el puente, podemos llegar a la montaña y de allí a la frontera. Si no lo cruzamos, nos fusilarán ...

-¿Entonces? --dijo María con un sollozo reprimido y por primera vez los dos hombres vieron su mirada vidriosa y cansada.

-¡Que ya perdimos! -gritó Miguel y apretó los puños vacíos y se movió así, como si buscara en el suelo tapizado de hojas negras un fusil-o ¡Que no hay vuelta atrás! ¡Que ya no tenemos ni aviación, ni artillería, ni nada!

Él no se movió. Se quedó mirando a Miguel hasta que Dolores, la mano caliente de Dolores, los cinco dedos que acababa de retirar de la axila, tomaron los cinco dedos del joven y él comprendió. Buscó sus ojos y él vio, también por primera vez, los de ella. Pestañeó y los vio verdes, igual que el mar cerca de nuestra tierra. La vio despeinada y sin pintura, con las mejillas enrojecidas por el frío y los labios llenos y resecos. Los otros tres no se fijaron. Caminaron, ella y él, tomados de la mano y pisaron el puente. Él dudo un momento. Ella no. Los diez dedos unidos les dieron calor, el único calor que él había sentido en todos estos meses.

" ... el único calor que sentía en todos estos meses de retirada lenta hacia Cataluña y los Pirineos ... "

Escucharon el ruido del río debajo de ellos y el crujido de las planchas de madera del puente. Si Miguel y las muchachas gritaron desde la otra orilla, ellos no los escucharon. El puente se alargaba, parecía atravesar un océano y no este río encabritado.

"Mi corazón latía de prisa. El latido debió sentirse en mi mano, porque ella la levantó y la llevó a su pecho y allí sentí la fuerza de su corazón ... "

Entonces ya caminaban lado a lado sin miedo y el puente se acortó.

Del otro lado del río, surgió lo que no habían visto. Un gran olmo sin hojas, grande, hermoso, blanco. No lo cubría la nieve, sino un hielo brillante. Brillaba como una joya, de tan blanco, en la noche. Él sintió el peso de su fusil sobre el hombro, el peso de sus piernas, sus pies de plomo sobre la madera del puente: así de ligero, luminoso y blanco le parecía ese olmo que los esperaba. Apretó los dedos de Dolores. El viento helado les cegaba. Cerró los ojos.

"Cerré los ojos, papá, y los abrí, temiendo que el árbol ya no estuviera allí. .. "

Entonces los pies sintieron la tierra, se detuvieron, no miraron hacia atrás, corrieron los dos hacia el olmo, sin atender los gritos de Miguel y las dos muchachas, sin escuchar la nueva carrera de los compañeros sobre el puente, corrieron y abrazaron el tronco desnudo, blanco y cubierto de hielo, lo mecieron mientras esas perlas de frío caían sobre sus cabezas, se tocaron las manos abrazándolo y se separaron violentamente de su árbol para abrazarse Dolores y él, para que él le acariciara la frente y ella la nuca; ella se alejó para que él viera mejor los ojos verdes, húmedos, y la boca entreabierta antes de hundir la cabeza en el pecho del muchacho y levantar el rostro y darle sus labios, antes de que los compañeros los rodearan, pero sin abrazar el árbol como ellos lo habían hecho ...

" ... Qué tibia, Lola, qué tibia eres y cómo te amo ya."

Acamparon en las estribaciones de la sierra, debajo de la corona de nieve. Miguel y el joven. buscaron ramas e hicieron un fuego. Él se sentó junto a Lola y volvió a tomarle la mano. María sacó de su mochila una vasija rota y la llenó de nieve y la derritió sobre el fuego y también sacó un pedazo de queso de cabra. Después, riendo, Nuri sacó del pecho unas

bolsitas arrugadas de té Lipton y todos rieron con la cara de ese capitán de yate inglés que adornaba las bolsas de té.

Nuri contó que antes de la caída de Barcelona habían llegado paquetes de tabaco, té y leche condensada mandados por los americanos. Nuri era regordeta y alegre y trabajó antes de la guerra en una fábrica de tejidos, pero María hablaba y recordaba los días en que estudiaba en Madrid y vivía en la Residencia de Estudiantes y salía a las huelgas contra Primo de Rivera y lloraba en los estrenos de Larca.

"Yo te escribo, con el papel apoyado contra las rodillas, mientras las oigo hablar y trato de decirles cuánto amo a España y sólo se me ocurre hablar de mi primera visita a Toledo, una ciudad que yo imaginaba como la pintó El Greco, envuelta en una tormenta de relámpagos y nubes verdosas, asentada sobre un Tajo ancho, una ciudad, ¿cómo te diré?, que estuviera en guerra contra sí misma. y encontré una ciudad bañada de sol, una ciudad de sol y silencio y un alcázar bombardeado, porque el cuadro de El Greco -trato de decirles- es toda España y si el Tajo de Toledo es más angosto, el Tajo de España se abre de mar a mar. Esto he visto aquí, papá. Esto trato de decirles ... "

Eso les dijo, antes de que Miguel empezara a contar cómo se unió a la brigada del coronel Asensio y cuánto le costó aprender a pelear. Les dijo que todos los del ejército popular eran muy valientes, pero que eso no bastaba para ganar. Había que saber pelear. y los soldados improvisados tardaban mucho en comprender que hay reglas para la seguridad y que más vale seguir viviendo para seguir luchando. Además, una vez que aprendían a defenderse, todavía les faltaba aprender cómo atacar. Y cuando ya sabían todo eso, les faltaba aprender lo más difícil de todo, ganar la victoria más dura, que era la victoria sobre sí mismos, sobre sus costumbres y comodidades. Habló mal de los anarquistas, que según Miguel eran unos derrotistas y habló mal de los traficantes que le prometían a la República armas que ya le habían vendido a Franco. Dijo que su gran dolor, el que se llevaría a .la tumba, era no entender por qué todos los trabajadores del mundo no se habían levantado en armas para defendernos en España, porque si España perdía, era como si perdieran todos juntos. Dijo esto y partió un cigarrillo y le dio la mitad al mexicano y los dos fumaron, él junto a Dolores y le pasó la colilla para que ella también fumara.

Escucharon un bombardeo muy duro, a lo lejos. Desde el campamento, se veía un fulgor amarillento, un abanico de polvo en la noche. -Es Figueras -dijo Miguel-. Están bombardeando Figueras.

Miraron hacia Figueras. Lola estaba cerca de él. No les habló a todos. Sólo le habló a él, en voz baja, mientras miraban ese polvo y ese ruido lejanos. Dijo que tenía veintidós años, tres más que él, y él se aumentó la edad y dijo que ya había cumplido los veinticuatro. Ella dijo que era de Albacete y que había ido a la guerra para seguir a su novio. Los dos habían estudiado juntos -habían estudiado química- y ella lo siguió, pero a él lo fusilaron los moros en Oviedo. Él le contó que venía de México y que allá vivía en un lugar caliente, cerca del mar, lleno de frutas. Ella le pidió que le hablara de las frutas tropicales y le dieron risa los nombres que nunca había escuchado y le dijo que mamey parecía nombre de veneno y guanábana nombre de pájaro. Él le dijo que amaba los caballos y que cuando llegó estuvo en la caballería, pero ahora no había caballos ni nada. Ella le dijo que nunca había montado; él trató de explicarle la alegría que da montar, sobre todo en la playa al amanecer, cuando el aire sabe a yodo y el norte se está aplacando pero todavía llueve ligero y la espuma que levantan los cascos se mezcla con la llovizna y uno va con el pecho desnudo y los labios llenos de sal. Esto le gustó. Dijo que quizá le quedaba todavía un recuerdo de sal en la boca a él y lo besó. Los otros se habían dormido junto al fuego y el fuego se estaba apagando. Él se levantó para atizarlo, todavía con ese sabor de Lola en la boca. Vio que sí, que todos se habían dormido, abrazados los tres para darse calor y regresó al lado de Lola. Ella le abrió la chaqueta forrada de lana de borrego y él unió las manos sobre la espalda de la muchacha y su blusa de dril y ella le cubrió la espalda con la chaqueta. Ella le dijo al oído que debían fijar un lugar para volverse a encontrar, en caso de que se separaran. Él le dijo que se encontrarían en un café que él conocía cerca de la Cibeles, cuando liberáramos Madrid y ella le contestó que se verían en México y él dijo que sí, en la plaza del puerto de Veracruz, bajo las arcadas, en el café de La Parroquia. Tomarían café y comerían cangrejos.

Ella sonrió y él también y él le dijo que quería despeinarla y besarla y ella se adelantó y le quitó la gorra y le revolvió el cabello mientras él metía las manos bajo la blusa de dril, le acariciaba la espalda, buscaba los senos sueltos y entonces él ya no pensaba en nada y ella tampoco, seguramente, porque su voz no pronunciaba palabras pero vaciaba todo lo que pensaba en ese murmullo continuo que era al mismo tiempo gracias te quiero no me olvides ven ...

Van arando la montaña y por primera vez Miguel camina con dificultad y no por el ascenso, que es duro. El frío se le ha metido a los pies, un frío con dientes que todos sienten en la cara. Dolores se apoya en el brazo de su amante y si él la ve de reojo, va preocupada, pero si la mira directamente sonríe. Él sólo pide -lo piden todos- que no haya tormenta. Él es el único que lleva fusil y su fusil sólo tiene dos balas. Miguel les ha dicho que no deben temer.

"Yo no temo. Del otro lado está la frontera y pasaremos esta noche en Francia, en una cama, bajo techo. Cenaremos bien. Me acuerdo de ti y pienso que no sentirías vergüenza, que harías lo mismo que yo. Tú también luchaste, y te daría gusto saber que siempre hay uno que sigue la lucha. Sé que te daría gusto. Pero ahora esta lucha va a terminar. En cuanto crucemos la frontera, se habrá acabado el miembro rezagado de las brigadas internacionales y empezará otra cosa. Nunca olvidaré esta vida, papá, porque en ella aprendí todo lo que sé. Es muy sencillo. Te lo contaré cuando regrese. Ahora no se me ocurren las palabras."

Tocó con un dedo la carta que llevaba en el parche de la camisa. No podía abrir la boca en este frío. Respiraba jadeando. Echó entre los dientes cerrados un vaho blanco. Iban tan despacio. La fila de refugiados era enorme; se perdía de vista. Iban delante de ellos las carretas llenas de trigo y chorizos que llevaban a Francia los campesinos; iban las mujeres cargando el colchón y la manta, y otros que llevaban cuadros y sillas, aguamaniles y espejos. Los campesinos decían que en Francia seguirían sembrando. Avanzaban muy lentamente. Iban niños también, algunos de pechó. La tierra de la montaña era seca, áspera, abrojosa, llena de matorrales. Iban arando la montaña. Él sintió el puño de Dolores escondido en su costado y también sintió que debía salvarla y protegerla. La quería más que anoche. y sabía que mañana la querría más que hoy. Ella a él también. No había necesidad de decirlo. Se gustaban. Eso es. Nos gustamos. Ya sabían reír juntos. Tenían cosas que contarse.

Dolores se separó de él y corrió hacia María. La miliciana se había detenido junto a una roca, con una mano sobre la frente. Dijo que no era nada. Se sintió muy cansada. Tuvieron que hacerse a un lado para que pasaran los rostros colorados, las manos heladas, las carretas pesadas. María volvió a decir que se sintió un poco mareada. Lola la tomó del brazo y siguieron el camino y fue entonces, sí, entonces cuando sintieron cerca el ruido del motor y se detuvieron. No se distinguía el avión. Todos lo buscaron, pero el cielo estaba lechoso. Miguel fue el primero en distinguir las alas negras, la cruz gamada y el primero en gritarles a todos: -¡Abajo! ¡De boca!

Todos de boca, entre las rocas, debajo de las carretas. Todos, menos ese fusil que todavía tiene dos balas. Y no tira, maldito naranjero, maldita escoba oxidada, no tira por más que apriete el gatillo, de pie, hasta que el ruido pase sobre las cabezas, los llene de esa sombra veloz y de una metralla que gotea sobre la tierra y truena sobre la piedra ...

"-¡Abajo, Lorenzo, abajo, mexicano!"

Abajo, abajo, abajo, Lorenzo, y esas botas nuevas sobre la tierra seca, Lorenzo, y tu fusil al suelo, mexicano, y una marea dentro de tu estómago, como si llevaras el océano en las entrañas y ya tu rostro sobre la tierra con tus ojos verdes y abiertos y un sueño a medias, entre el sol y la noche, mientras ella grita y tú sabes que al fin las botas le van a servir al pobrecito de Miguel con su barba rubia y sus arrugas blancas y dentro de un minuto Dolores se arrojad sobre ti, Lorenzo, y Miguel le dirá que es inútil, llorando por primera vez, que deben seguir el camino, que la vida está del otro lado de las montañas, la vida y la libertad, porque sí, ésas fueron las palabras que escribió: tomaron esa carta, la sacaron de la camisa manchada, ella la apretó entre las manos, ¡qué calor!, si cae la nieve lo sepultará, cuando lo besaste otra vez, Dolores, arrojada sobre su cuerpo y él quiso llevarte al mar, a caballo, . antes de tocar su sangre y dormirse contigo en sus ojos ... qué verde ... no te olvides ...

Fuentes, C.: La muerte de Artemio Cruz

viernes, 29 de enero de 2010

Playa

El muchacho de la pelota.
Los autos dando vueltas.
Los pasos del ballet.
La camisa de Sandro.



Lugar

Baudelaire: Il me semble que je serais toujours bien là où je ne suis pas. En otras palabras: me parece que siempre seré feliz allí donde no estoy. O, más directamente: donde quiera que no estoy es donde soy yo mismo. O bien, cogiendo el toro por los cuernos: en cualquier parte fuera del mundo

Auster, P: Ciudad de Cristal

Michele Scommegna



Un trotamundos como yo
que camina sin cesar
es muy probable que conozca
la misma chica que soñó
Si rodando el mundo puedo hallar
una que piense como yo
la seguiré a donde quiera
sin importarme nada mas
y día tras día..la espero yo
y paso tras paso yo la buscaré
y la encontraré, la encontraré
la encontraré
un vagabundo como yo
que busca la felicidad
lo que le gusta de la vida
es el amor y nada mas