Es razonable concebir la crisis como un instante anómalo en la vida de una sociedad, y eso querría decir una hora en la que las cosas no se presentan como son en lo cotidiano y se presentan en cambio como son en verdad.
Si es verdad que los hombres no pueden vivir nada sin convertirlo en una representación ni vivir una representación sin traducirla en un discurso quiere decir que el "concepto de mundo" es un instinto. Ahora bien, la ideología es esencial y es dura. Nadie está dispuesto a sacrificar su visión de las cosas sino por una fuerza importante e imponente.
Si el pueblo está despierto, la democracia no es posible. La democracia se funda en la fuerza de la noche, es decir, en el sueño del pueblo. [...] El autoritarismo con todo sólo cobra importancia si es a la vez un poder, pues sin éste es apenas un sentimiento.
En el desconcierto absoluto o malestar que produce la multiplicación de los objetos del mundo, los hombres están solos en medio de las cosas que se amplían sin cesar. ¿No es verdad acaso que esto es ya la soledad de la época, la falacia general de su identidad y, en fin, lo que podemos llamar la segunda pérdida del yo?
La época es cuantiosa y es como si huyera de nosotros, como si significara siempre algo distinto de sí misma, perdida en el número enorme de sus acontecimientos invisibles. No obstante, a pesar de estar abrumando a los hombres de continuo, tiene una suerte de flanco de fracaso en medio de esta suerte de asedio infinito y consiste en que puede ser conocida.
Zavaleta, R.: Lo nacional-popular en Bolivia
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