viernes, 19 de febrero de 2010

Sopapa





Sufjan Stevens es un cantautor norteamericano. Mientras escribo escucho una de sus cancioncitas del disco que le dedicó a Illinois, el estado donde está Chicago. Raro Sufjan. Por lo poco que se de él tiene un extraño e irrealizable plan de hacer un disco por estado. Ergo, un disco por año de vida restante. Una locura. Una quijotada. Hay dos posibilidades; o es todo mercadeo y todo esto es baladi y ultrajante o es un romantico.

Ultimamente gira alrededor de mi cabeza la palabra romantico. Junta a ella, siguiendo los locos círculos que hacen las palabras cerca de mi cabeza, gira su valoración positiva, su reivindicación. Sufjan es un romantico (olvidemos hoy la versión verosímil y abracemos el cuento de hadas). Canta lindo, bajito, con ese tono de tipo sensible que hace música para escuchas sensibles. Decatur y Chicago son dos perlas. Me obligo a no ver su imagen en Google. Prefiero imaginarlo débil, flaco, con cara de enfermo y ojos tristes. La empatía que me generan esos personajes lo tendría que hablar con mi terapeuta. Si lo tuviera…

Lo cierto es que hoy dia, con el otoño del 2009 entrando por la ventana, busco revalorizar el romanticismo. Entendiendolo como contrahegemonico, como signo de resistencia. No me refiero (o por lo menos no ahora y no directamente y no concientemente) a la corriente filosófica, política, cultural. Benjamin me espera. Releer sus tesis sobre la historia siempre es un buen plan. No. Me refiero al exponente kitch. A ese romanticismo popular, hijo directo de los cursi, del bolero, la cumbia y la bachata.

(Voy a poner al Binomio de Oro. Eso seguro me levante)

Consumi en el último tiempo tres mercancías culturales que algo tienen que ver con este surgimiento reciente de la palabra, con este revoloteo a la altura de mis ojos. Obvio que la vida de verdad también tiene que ver pero eso ya es otro tema y no es uno de los aquellos sobre los que se escribe. Las tres van a parecer a primera vista irreconciliables. Seguramente a muchos se les dibujara inmediatamente una sonrisa despectiva en la cara. No importa. Son Wall-e, Pushing daisies y Las partículas elementales.

Las partículas elementales es uno de los últimos libros de la nueva vedette de la literatura francesa: Michel Houllebecq.

(Antes de arrancar una aclaración: esta no se propone ser una lectura profunda, científica, inmaculada. Incluso seguramente sea errónea, anqué liviana. No busca ser lo primero. Tiene como primer objetivo ser algo asi como una sopapa sentimental. El segundo, plantar bandera.)

Sigamos… El tal Michel parece ser un gran escritor. Por lo menos eso dicen. Escribe bien, de eso no hay duda. Tiene fragmentos muy interesantes y las primeras cien páginas me mantuvieron en un vaivén de amor odio que suele generarme adicción. Luego todo fue cuesta abajo. Terminó mal mi relación con el libro. En la contratapa lo comparar con Celine: la única posible es que ambos nacieron en Francia, después… “Ni para sacarle punta a los lápices, Michel!!!”. ¿Cuál es el problema del libro? Lo cinico, lo escéptico. El libro gira en torno a dos historias cruzadas por el sexo. Dos hermanastros, uno sexual, otra asexuados, ambos frustrados. Su tesis es que hoy por hoy el sexo es lo único que interesa, que somos carne que se vende, que la juventud es todo lo que somos, que luego solo hay nostalgia de haber sido, el dolor de ya no ser. Michel critica a los revolucionarios del 68, a los hippies, a todo el movimiento de liberación sexual y mental del siglo XX.

- Estamos de acuerdo, Michel. Todo terminó mal. Nada es como nos imaginábamos que sería. Pero…

Pero el esceptismo técnico y derechoso de Michel es una gran mentira. Es sobreactuado. Pinta una sociedad totalizada por la lógica del deseo insastifecho, del deseo como motor y palo de la rueda. Una sociedad sin dios, sin ideales, con el norte en el coito. Ahí esta una diferencia central con Celine. Lo que dice Louis-Ferdinand es políticamente mas incorrecto, mas reaccionario pero trasmite una rabia por un mundo sin sentido que llega al lector. El libro de Celine genera ganas de ir a romper puertas. De hacer, de moverse. El de Michel, no. Lo terminas de leer y si le creiste, te pones un pijama, te vas a la cama y contas las manchas de la pares de enfrente. Sabes que el mundo es malo, feo y triste y tu reacción es ponerte medias para el frio.

En el fondo mi problema con el libro es que no le quiero creer. Reconozco en él a cierta parte de la sociedad que hoy vivo. Simplemente no quiero creer que no hay margén de mocimiento. Se de la alienación, se de la lógica de un sistema que nos totaliza y nos determina, de la anomia, pero también se de la resistencia. Se que los que nos hace humanos es el trabajo, el lenguaje, la educación, el arte, la amistad. Puede el mundo humano existir sin mercado, sin televisión y sin desigualdad. Puede no haber estado, derecho y deportes acuaticos. Lo que no puede no haber son esas cosas que nos hacen humanos y allí esta la resistencia. Alli aparece el romantisismo.

Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad: Gramsci, sentado en la celda, muriéndose de tristeza, escribe esto. Por eso lo romantico es contrahegemonico. Porque es utópico, porque no le presta atención a como son las cosas. Es un elefante en un bazar.

Vayamos a Pushin Daisies… Es una serie norteamericana. Eso ya la define aunque no completamente. Visualmente es un milagro de la televisión. Todo es color en ella. La historia es lo contrapuesto a la de Michel. El protagonista tiene un don que se convierte en un karma y viceversa: puede revivir gente con solo tocarla. Hasta ahí todo va bien; el problema es que si la vuelve a tocar muere definitivamente y si la deja viva al minuto muere algo o alguien en su lugar. Asi de pequeño salvó y mato a su madre. Salvo a su perro. Ya mayor, por motivos que no vienen al caso mencionar, revive a su enamorada de la infancia: aca empieza el nudo de la historia. Primero, están totalmente enamoradas sin ninguna razón mas que estarlo. El romanticismo se explica por si mismo. No se conocen casi (en realidad, es imposible conocer algo o a alguien por lo que este punto, el de “conocernos”, tan mentado en las relaciones sentimentales, no tiene mucha razón de ser). Sin embargo se aman y no hay muchas dudas en relación a eso. Segundo, y fundamental, no se pueden tocar. Aca aparece la utopía. ¿Se puede amar sin tocar? Esta serie dice que si. No es verosímil. Sin embargo, es ahí donde reside el valor de Pushing Daisies: no importa que esto pueda o no pasar. Pasa, está pasando, y punto.

Las caras de ambos valen un párrafo. (Ella es hermosa, dulce, fresca) Se miran con cara de idiotas, con esa sonrisa que sólo la irracionalidad puede generar. Ella lleva una flor en la mano, él se rie. Él le consigue abejas para que se divierta, ella se rie. No se ven un rato, se extrañan. No es apto para diabéticos pero a mi me parece rescatable. Subvierte. Da vuelta el mundo. Ninguno está ahí en venta.

Romanticismo y libertad creativa van de la mano. En Pushing Daisies es posible el romance del científico y la flor; es posible que haya pasteles antidepresivos y homeopáticos; jockeys con huesos de caballo. En resumen: libertad; y de la buena. Mientras, en Las partículas elementales las ciencias biológicas son parte troncal de la narrativa y todo parece que sucede dentro de un tubo de ensayo. Nada se puede hacer. El experimento ya está en marcha y los humanos somos parte. En este otro universo, los personajes crean su mundo. Se enamoran sin sentido, reviven muertos y tienen panales en la terraza.

Ahora bien, ¿Por qué Wall-e? Bueno… ¿Qué duda cabe que es una GRAN historia de amor imposible? Más radical incluso que la anterior ya que aca no hay lenguaje y los enamorados son maquinas, nada menos...



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