Otras veces, cruzo la calle y me siento en el árbol caído, donde las hormigas. Sí, todavía. Y conforme leo, los días que median pasan con el veloz traqueteo de un tren de mercancías. ¿Qué quiero decir con los días que median? Los días que median entre esta vez y la última vez que leí esta misma carta. Y entre el día en que la escribiste y el día que te detuvieron. Y entre el día en que el funcionario de prisiones la puso en el correo y el día en que la leo, sentada en la azotea. Y entre este día, en que tenemos que recordarlo todo, y el día en que podamos olvidar porque lo tendremos todo. Éstos son, amor mío, los días que median. Y el ferrocarril más próximo pasa a doscientos kilómetros de aquí.
El eco de su voz en la habitación se transformó, y parecía que estuviéramos sentados bajo un árbol. Dejé que corrieran las palabras sin preguntar nada. Y entonces él dijo: Tendemos a pensar que los secretos son pequeños, ¿no? Como joyas o como piedras afiladas o navajas que se pueden esconder y guardar en secreto de lo pequeños que son. Pero también hay secretos inmensos, y es precisamente por su inmensidad por lo que permanecen ocultos, menos para quienes han intentado abrazarlos. Esos secretos son promesas.
Te escribo esto muy entrada la noche. Pienso en las cartas que releo por la mañana temprano, cuando los días que median pasan con el veloz traqueteo de un tren de mercancías; pienso en las cartas mías, que lees en tu celda, y el inmenso secreto que encierran, que es nuestro secreto, tuyo y mío, me hace sonreír.
J. Berger: De A para P. una historia en cartas.
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