20 de diciembre: el clima festivo ya hace tiempo que invadió la ciudad. Él, particularmente, se siente amenazado. Bolas, botas, pesebres, arboles, y felicidad. En el recorrido que diariamente hace por la mañana desde su casa hasta el trabajo, pasando por varios comercios y por dos parques, estos últimos ahora llenos de puestos navideños, el clima de fin de año se le hace inevitablemente presente. Desde que recuerda, estos días, cuando llegan, son eternos. Sabe que a muchos les pasa. Eso obviamente no mengua sus sensaciones. Compartirlas no las licua.
Hoy, sin embargo, la angustia que estas horas generan no es más que otra.
Las preguntas que se hace son imposibles. Nadie las puede contestar o por lo menos no de manera creíble o incluso verosímil. Las respuestas posibles (dos, siempre dos) son dolorosas ambas. Sin respuesta y sin quien las responda, reconoce que las preguntas son lo que duele. Cuando la lucidez demuestra lo inútil del movimiento, la perennidad del mismo se hace más y más cruel.
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